Los mimbres de la tragedia: Agosto

Los mimbres de la tragedia
Los mimbres de la tragedia

Hay un tipo de tragedias que no vienen marcadas por los desastres naturales, la mala fortuna, ni la casualidad. Se trata de las tragedias cotidianas de la simple convivencia dentro de algunas familias. Supongo que al tildarlas de disfuncionales, nos distanciamos de ellas y el adjetivo nos sirve casi como amuleto para protegernos de su influjo.
Ayer vi Agosto: Osage County, una película que se anuncia como drama, pero que yo sentí como una auténtica tragedia, casi shakesperiana. Es una obra femenina (autora Tracy Letts), con protagonistas que son mujeres de carácter y hombres casi irrelevantes (fracasados, en más de un sentido) frente a la presencia de las “titanas”.
Meryl Streep (Vi) y Sam Sheppard (Bev) son la generación baby boomers, fase 1 (nacidos en los años 1940), que alumbró a los baby boomers, fase 2, (nacidos alrededor de los años 1960): (Barbara) Julia Roberts, Ewan Macgregor, Juliette Lewis, Dermont Mulroney, y un poco más distanciados la joven Ivy y el ingenuo Charles. Ella está enganchada a las pastillas, él al alcohol. Hace tiempo que no se quieren, si es que alguna vez lo hicieron. Ella está resentida contra él por mil pequeñeces, y contra sus hijas bb, fase 2, por no haber aprovechado la formación a la que han accedido gracias al sacrificio de los padres. Es tan egoísta que quiere venderle a sus propias hijas la cubertería de plata. Su hermana ejemplifica mejor el desprecio selectivo de los padres por los hijos, en la maldad con la que trata a su propio retoño, Charles, al que lleva toda la vida diciéndole que es tonto. Esta señora no ha visto Forrest Gump. Pero a través del relato que Vi nos cuenta desde la mecedora del jardín, nos enteramos de que la relación con los padres de la generación anterior, fue todavía mucho peor, pues no solo maltrataban a los hijos, sino que se burlaban de ellos.
Las hermanas baby boomers, fase 2, están perdidas; sus lazos fraternales no existen; sus vidas de pareja han naufragado o amenazan ruina. La diáspora familiar parece la única solución posible en este marco descentrado y de falta absoluta del cariño más elemental. Lo único que le queda a Vi en sus últimos días con cáncer de boca es la atención de su empleada india.
A esta obra le falta muy poco para convertirse en una auténtica tragedia clásica: solo un par de muertes más; quizás por un ataque de nervios y un revólver olvidado en un cajón. Por supuesto, los dos matrimonios que se anuncian, y que podrían dar al drama un tono cómico, pronto se nos muestran como una quimera: Ivy se entera de que su enamorado es, nada menos que su hermano, y el futuro enlace de Karen con el trepa del Ferrari se nos antoja un imposible.
Me ha recordado mucho a otra película, también basada en novela ganadora del Pulitzer y de autora también femenina, donde otras tres mujeres fuertes, también hermanas, nos contaban la tragedia de su vida familiar. Se titulaba A Thousand Acres y recuerdo que la autora, Jane Smiley, decía que se había inspirado en El rey Lear.
Lo paradójico en este relato, es que los únicos que se profesan un verdadero cariño familiar son Charles y su padre, que luego nos enteramos que no es su verdadero padre; y que la única figura que mantiene la templanza y el juicio es la empleada india. Todos los demás parecen estar descolocados y perdidos en los paisajes de una Oklahoma rural y plana, plagada de alpacas, que me ha recordado mucho a la Castilla en la que crecí. No, no pienso decir Castilla La Mancha, simplemente Castilla.

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