El número de la bestia es número humano


Es 18 de julio de 2021. No os preocupéis. No diré nada del alzamiento, ni del viaje de Franquito desde Canarias a Marruecos. Digo solo que continúa el asedio covidiano a la ciudadanía por parte de sus gobiernos y sus élites internacionales. Me dice mi mujer que en Francia ya piden pasaporte covid para el ocio nocturno y eso confirma que Macroncito es un buen sicario de la gran farmafia, bien dispuesto a ejecutar lo que manden los capos con asiento en organismos internacionales.

«Y solo quién llevaba tatuado el nombre de la bestia o la cifra de su nombre podía comprar o vender. ¿Quién alardea de sabio? El que presuma de inteligente pruebe a descifrar el número de la bestia, que es número humano. El 666 es su cifra».

El plan de las élites avanza y nos veremos pronto ante esta tesitura: el que no acepte la marca de la bestia no podrá comprar ni vender. ¿Qué hacemos? ¿Acumular comida y agua? ¿Echaremos gasolina en La ballena porque los gasolineros se negarán a atendernos? Si las élites dan este paso, y todo apunta a que van muy en serio, la cadena de distribución no aguantará tanto tejemaneje y se vendrá abajo, con la probable ayuda de algún que otro ataque cibernético de falsa bandera. Entonces entraremos ya en fase clara de racionamiento, lo que les permitirá ejercer un control total sobre el borrego a través del pasaporte covidiano.

La policía no es suficiente para esto y necesitarán también al ejército. ¿Se prestarán alegremente los ejércitos a este crimen contra sus propios pueblos, como lo han hecho los policías? Los militares son los únicos que quedan por hablar en este asedio. Los chaquetillas, los jeringuillas, los de la alcachofa, el de la Zarzuela, el del Vaticano: esos ya han demostrado que están todos en la nómina globalista y que son reos de alta traición al pueblo y a la humanidad. Otra cosa es que ya no queden picapleitos capaces de denunciarlos y jueces honorables. Pero, insisto: ¿Y los fusiles? ¿Qué van a decir los fusiles? Son los únicos que no han hablado aún. Y lo que digan ellos será lo que se hará.

De poco vale apelar ya a nuestros hermanos vacunados. Ellos han tomado su decisión y al menos lo han hecho con toda la información disponible. Luego que no se quejen. Les hemos dicho bien claro que hay una élite asesina que les quiere inyectar muerte y locura en vena y nos han ridiculizado y despreciado. Les hemos dado pruebas del no aislamiento de ningún virus, de la no especificidad de las pruebas PCR. Ya tienen la declaración de inconstitucionalidad del estado de alarma y la consiguiente ilegalidad de todas las leyes que se aprobaron en ese período y de todas las lamentables y abusivas actuaciones policiales. Aun así, sus corazones están endurecidos. Familiares y conocidos sufren las tremendas consecuencias de las falsas vacunas y ellos prefieren pensar que esos trombos, esas inflamaciones y esas neumonías no están relacionadas con el pinchazo. Y aunque ya saben que falta lo peor, prefieren que nos dejemos pinchar nosotros antes que admitir su error. Viven como en las mocedades del Cid:

«Procure siempre acertalla el honrado y principal, pero en caso de erralla, sostenella y no enmendalla».

Nosotros, los que no nos dejaremos poner nunca la marca de la bestia, no estamos armados y por tanto no tendremos más remedio que rezar y confiar en el plan de Dios. Si hemos de pasar hambre, o si hemos de morir por no querer adorar a la estatua de la bestia, que Dios nos acoja en su seno, o donde sea que vamos después de morir en esta realidad física. Ya no hay vuelta atrás, ni para las élites, ni para los borregos covidianos, ni para nosotros. Mataron al viejo mundo. Habrá que ver qué pinta le damos al nuevo, pero todo apunta a que nuestra jubilación no va a ser precisamente tranquila.

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