Nacido en 20390

nacido en 20456¿Por qué se da por asumido que el destino de la humanidad en general tiene que ser distinto al destino de cada miembro de la raza humana en particular?
¿Por qué causa tanto desasosiego que un día deje de existir una especie que se compone solo de individuos que perecen?
¿Qué mueve a tantos a pensar que el final del todo no es ni más ni menos que el agregado del final de sus partes? ¿Acaso tiene una especie propiedades emergentes distintas a las de sus especímenes?
Yo mismo trabajé durante años y años en aquella hipótesis loca que propuso la legendaria profesora Septor, allá por el noveno milenio, según dicen los registros, cuando todos los intentos de abandonar el planeta Tierra se dieron por imposibles, si no era en la forma de cerebros transferidos a robots.
Pero pronto surgió la llamada gran controversia y el inevitable enfrentamiento con lo que entonces se llamó despectivamente la nueva subespecie.
Para evitar el enfrentamiento armado, se marcharon todos en la evasión global del año 11213, antes de que la tecnología de transformación fuera ilegalizada y tanto los centros de transferencia, como los robots receptores fueran destruidos y proscritos.
Los ya transferidos se marcharon sin acritud. Renunciaron a los sentidos para vivir para siempre. Poblaron la Luna y Marte, los satélites de Júpiter, e incluso dicen que algunos se establecieron en los planetas enanos y quizás estén viajando ahora hacia las estrellas vecinas.
Aquí las cosas volvieron rápidamente al estado anterior a la invención de la transferencia cerebral: superpoblación, desertificación galopante y guerras constantes por el control de los recursos. Luego, los nuevos y feroces brotes víricos nos diezmaron y nos condenaron a la lenta desaparición.
El último censo en la zona eurasiática no llega a más que a unas pocas centenas, y todos estamos aislados en nuestras granjas subterráneas.
Hace ya varios meses que mi grupo local cursó la petición conjunta a los transhumanos, que es como ellos se llamaron a sí mismos antes de irse, en respuesta a nuestro despectivo “subespecie”. Se dice que han evolucionado mucho en estos milenios, que han encontrado nuevas formas de sentir y que no han perdido algo del destello vital que siempre nos ha caracterizado como hombres.
Espero que no nos guarden rencor y que finalmente nos acojan. Abandonaré la Tierra y espero que el resto también lo haga. La dejaremos tranquila para que se recupere del trance de nuestro paso como especie dominante durante casi un millón de años. No tengo miedo de mirarme al espejo y verme dentro de una máquina. Al contrario: una nueva ilusión me llena cuando pienso que el universo entero puede ser mi nuevo horizonte, una nueva curiosidad me invade al preguntarme que sentirán mis dedos al tocar la piel de mi amada. Correré el riesgo.
Eurasia. Zona desértica. Subterráneo Magnogreco.
12 de abril de 20456

Asalto al castillo

Asalto al castillo

El castillo a asaltar

Veo que sigues lamentándote después de tantos años. Deja que te diga algo, Romualdo: todo aquello que nunca serás está encerrado en un castillo. Te parecerá que despiertas de un sueño profundo cuando comprendas que nunca estuviste dentro. Eres uno de los impuros, de los malos. Más te vale dejar de fantasear con insignias de capitán de los Tercios de Flandes y de ejemplo a imitar por las masas abyectas. Tu pelo se está volviendo blanco y te apagas por momentos simulando una sonrisa que te delata y te muestra sabedor del abismo que te separa de la fuente de la plenitud.

Me dices que si no miras al castillo solo ves tierra yerma a tu alrededor. ¿Acaso eres uno más de esos impostores entre farsantes que creen que la vida es todo o nada? ¿De esos que se miran los pies, inseguros cuando llegan a un cruce de vías? Te he calado, compañero. Por una parte crees que desistir del asalto al castillo es morir a las aspiraciones vitales, pero por otra intuyes que es lo que tienes que hacer para empezar a vivir de verdad.

¿Qué rumbo seguir? Cualquiera, hombre, cualquiera. Solo cuenta el paso que das en cada momento, la felicidad y el bien que a través de ti entra en el mundo. El desierto dará paso a algún oasis y después vendrá una vega. Allí podrás luchar por el sustento con la ayuda del agua y la umbría. Sentirás como tus riñones se quiebran con el relente y cantarás tonadas inaudibles mientras desentierras patatas. Pan, cebolla y el murmullo de la corriente te harán olvidar tus pretensiones de vida cortesana y aprender a amar dura la existencia hortelana. Cuando te vayas no te irás del todo, porque te enterrarán bajo los chopos y con las generaciones, tus átomos serán siempre una parte de la vega. Serás tierra, hierba, agua y lagartija y estarás en paz hasta que el tiempo se acabe.

Mira que te lo digo, Romualdo.

Las memorias de Ibn Amir Hastam

Las memorias de Ibn Amir Hastam Small

Las memorias de Ibn Amir Hastam

Confieso, hermano, que he vivido muchas vidas antes de ésta. La segunda empezó una tarde fría de comienzos de primavera, durante la cacería. No recuerdo los detalles, pero la bestia escapó al cerco y me desgarró en un momento. Ni siquiera lo sentí. Hace un segundo era todavía el hambriento cazador y al instante mi espíritu se marchaba huyendo a saltos entre los riscos, evitando las lanzas que silbaban a mis flancos.

Que puedo contar que no se imaginen. Fui rey de mi territorio, luché por defenderlo y vi a muchos de mis cachorros partir en busca de su destino. Escapé a los cazadores y, buen conocedor de todas sus añagazas, burlé a la muerte durante años. Pero ella no respeta nada y me estaba comiendo por dentro con paciencia. Un día de otoño, tras abrevar en la orilla del gran lago, comprendí que había llegado el final y comprendí también que eran los restos de mi antiguo razonamiento humano los que me permitían atisbarlo. Como bestia me habría dejado ir, echado en una ladera, para entrar otra vez en la tierra y ser de nuevo la nada de la que vine. Pero era consciente de mi final y sentía dolor.

Sin embargo, el hambre fue mi aliada y gracias a ella seguí con vida. Llegué hasta el pie de un árbol y sentí mi espíritu pasar al pájaro carroñero que vino a picarme, justo antes de que el último hálito de consciencia me abandonara.

Desde entonces han sido incontables los crepúsculos. Me arrastré como serpiente y trabajé la tierra de sol a sol como pobre toro castrado, viví en el mundo ciego de los topos y navegué los océanos un sinnúmero de años como ballena. Volví a un cuerpo humano gracias a aquel sabio persa que mutiló mi cuerpo perfecto de hurón para aprender anatomía animal.

Ya me había olvidado de que el cerebro humano es mucho más capaz, pero me resulta imposible seguir acumulando conciencias. Solo me duele no haber averiguado en todos estos miles de años si hay más como yo. Esta vez me aseguraré de que ningún ser vivo esté cerca en el momento final y por fin me podré diluir con la nada, con el todo.

En Damasco, año 321 de la huida del Profeta.

Ibn Amir Hastam

La dura vida del transportista planetario

la dura vida del transportista planetar

El vuelo del ofitauro

Las chicas y yo vimos al viajero que había llegado con retraso y perdido el tren que lo debía llevar esa misma tarde a Burgo-Quisena. Aquella era una oportunidad que no quería dejarla escapar de ninguna manera, así que me acerqué a él y le ofrecí mis servicios de transporte.
Al principio se mostró un poco desconfiado, pero por lo visto su urgencia era muy grande y tras inquirirme sobre otras posibilidades de traslado y contestarle yo negativamente, accedió. Cargué con su maleta y la puse en la parte alta del carruaje. El trastaleo despertó a una de las monstruosas caballerías que se desperezó ruidosamente.
-¿Son de fiar, verdad? Me preguntó el viajero, mientras miraba asustado como la bestia se erguía en toda su altura y se palpaba los aguijones venenosos de sus flancos.
-No se preocupe, le tranquilicé. Los ofitauros siempre se acicalan al despertarse. Mis carruajes son mucho más seguros que esos trenes blindados de la compañía pública. El desierto está lleno de bandidos, gente de todo tipo que después de la gran depresión está dispuesta a cualquier cosa por algo que llevarse a la boca.
El viajero examinó a mis animales de arriba a abajo y dijo:
-Nunca podré confiar en un ser al que sé que lo único que le impide devorarme de un bocado, es que un chip de contrabando insertado en su amígdala funcione bien.
-Mis ofitauros llevan chips originales, señor y mis papeles están en regla. Llevo más de 3 ciclos locales trabajando con estos especímenes sin un solo problema ¿Sabe usted cuánto es eso en años terrestres? ¡Casi noventa!
-De acuerdo, de acuerdo. Dijo a regañadientes, mientras se acomodaba en el sofá de la cabina central.
A los pocos minutos de iniciar el vuelo el gas del olvido ya había hecho su trabajo y pude subir al techo y registrar cómodamente su equipaje. El botín fue de los mejores de toda mi carrera: ¡Casi un millón de ungax!
Realmente me seguía sorprendiendo la candidez de algunos de los viajeros que se aventuraban en los desiertos de Quisena Betelegeuse. Supongo que les atraía precisamente la falta de control que la autoridad del Cúmulo tenía sobre este rincón de la galaxia. Pero sé que lo que más les influía eran las abultadas trolas que se contaban sobre tesoros, animales mitológicos, mujeres exóticas y fama y riquezas repentinas. Muchos de ellos eran los mejores estudiantes de las universidades galácticas que, tras los interminables años de férrea disciplina en el estudio, querían alcanzar la riqueza por la vía rápida y compensar de golpe los lustros de falta de diversión y emociones. Para eso venían al mundo bruto de esta bola de contrastes radicales que orbita a la imponente Betelgeuse, justo al borde exterior de su banda goldilocks. Pero el que estaba aprovechando bien esta situación era yo, con mi negocio de transporte desértico.
¿Ya estarán pensando que soy un malvado, no? Dejen que les cuente…Los tiempos de los héroes ya habían quedado atrás. Yo mismo fui uno de aquellos ilusos hace más de trescientos años y terminé humillado, desplumado y obligado a ganarme la vida de forma poco limpia en el lugar que había arruinado mis sueños de grandeza.
Sí, amigos, sí. Yo también vine aquí después de decenios de dura disciplina de estudio en un internado en las lunas de Arturo-6. Y vine con la intención de hacerme rico y de conquistar a las damas Quisenias. Pero me perdí en los ruidos de sus dulces sugerencias y no he querido encontrar la forma de salir.
Ahora engaño a los viajeros confiados que emprenden la misma aventura, y les robo todo, aunque les dejo siempre lo justo para que se paguen un billete de vuelta fuera del planeta. Atontados por el gas, mis víctimas despertarán en una cueva donde yo también me fingiré capturado. Mis guerreras disfrazadas nos perdonarán la vida a ambos y nos permitirán volver al astropuerto, dónde embarcaré al viajero de vuelta a su tierra, haciéndole creer que hemos tenido una suerte inmensa al salvar la vida.
Creo que incluso mi labor bandolera puede resultar buena, en el sentido amplio, pues sé que algunos de estos aspirantes a conquistador, empiezan una nueva existencia con la sensación de borrón y cuenta nueva y adoptan comportamientos mucho más morales que los que los traen aquí al olor del dinero fácil. He oído testimonios sobre algunos que se vuelven filántropos y ecólogos, cosa que sus explotados planetas suelen agradecer mucho.
El eco de lo que aquí pasó tardará años en regresar a su memoria, filtrado por el gas del olvido que les hago respirar en la cueva. Y lo hará en forma de remembranzas vagas sobre hechos heroicos y aventuras amorosas que a ellos les parecerán reales.
¿Siguen pensando que soy un malvado? Me llegan hombres de ambición ilimitada y dispuestos a cualquier cosa para hacerse ricos, y los devuelvo a sus planetas de origen; pobres, sí, pero humildes, agradecidos, con moral renovada y con recuerdos que les hacen creer que son buenos, e incluso que son héroes ¿Merezco la cárcel o la gloria?

La leyenda de la partida eterna

La leyenda de la partida eterna small¡Qué tontería! No me importa. No me importa. Todas las cosas que no me importan están metidas en una caja de cartón. Se cierra con cinta aislante y no se puede abrir más. Ahora pienso que lo más conveniente es envidar y así evitar los problemas que se me vienen encima si ese novicio empieza a tener la suerte del principiante.

Nubes de color rojo que descargarán pepitas de calabaza en un mundo plano ¿Por qué tengo estas visiones desde que entré en el dichoso bar de carretera? Son como un carrusel imparable. Vienen por lo lejos jinetes que quieren cosas. La vida quiere cosas. Aquí están ya los cuatro cerdos de la piara real. Bañados en pintura metálica, beben vino romano desplazado en el tiempo. Miran los programas chuscos de la televisión y comen hechura de aquella de la que se alimentaban los cerdos en el cenagal del corral de abajo. Allá donde voy oigo sus gruñidos y siento su mal olor. ¿Qué es el corral de abajo?

¿Saben cómo llegué aquí? Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarme por aquella franja de tierra. Estuve a punto de caerme al pozo de verdes aguas, tornasolada cripta que no pudieron evitar tantos conocidos. Sí, tantos, pero ¿Quiénes?

Aquel día todos me esperaban ya sentados a la mesa, queridos compañeros con los que iba a jugar la gran partida, la que no termina nunca. Cuando yo llegué, ellos llevaban eones bebiendo cubatas inocuos y comentando los avatares de sus vidas anteriores, los recodos donde tomaron el mal camino, donde a pesar de ser los aventajados, erraron el paso. Me pregunto cómo pueden acordarse de esas cosas. Yo daría todo lo que tengo por recordar detalles de mi vida ¿Quién soy? ¿Cómo llegué a esta dimensión? Debí darme un golpe en la cabeza al atravesar el portal. Y al fin y al cabo, no tengo nada.

El camarero que nos sirve está contento en su bar ¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo es feliz en un limbo que existe, pero que no es como el que el papa anuló antaño? ¿Qué es el papa? El limbo es un bar de carretera rodeado por la niebla gris cerrada donde de vez en cuando pasará un coche con más almas extraviadas que, si no saben jugar, se limitarán a rodear a los expertos, observando el desarrollo de las partidas durante toda la eternidad ¿Qué prisa hay?

Pero les contaré más detalles de mi aventura al llegar aquí. Una mujer se me acercó arrastrándose, mientras yo miraba por el brocal del pozo de aguas verdes, y me gritó al oído:

-Muchos de los que aún no estamos allí, ya nos vamos dando cuenta de que los avanzados no han hecho más que anticipar un camino que todos tenemos trillado desde nuestra infancia: el camino del trabajo deslomante en el campo y el alterne nocturno en esos bares en los que cada uno pone en juego lo poco que le sobra. Allí demostrarán su astucia esos hombres y mujeres que no quisieron saber de matemáticas o de física, pero sí de leyes de la vida, no de teoría de las armas, pero sí de la práctica de ellas. Yo no me cuento. Esa práctica se mezclará en las partidas como el aceite que lubrica los engranajes de esa complicada máquina que fue la vida, que fue, que fue, que fue ¿Estaba el eco sólo en mi cabeza?

-¿Por qué me gritas?- le pregunté, asustado, y sorprendido de oír aquellas palabras en la boca de una mujer.

-Para que no nos oigan, pequeño cretino- me contestó con desdén. Después me ordenó:

-Sígueme.

Ella se adelantó fácilmente, arrastrándose con un estilo que solo podría definir si supiera el nombre de ese animal al que me han dicho los que tienen recuerdos, que en la otra dimensión llaman serpiente. Pero al llegar a la puerta del bar se irguió, y entre la densa niebla, la sierpe se hizo dama elegante, sujetando un candelabro mientras me abría la puerta con amabilidad.

-¡Quiero ser tuyo! Huyamos juntos de aquí-le dije sinceramente. No sé de donde saqué el sentimiento. ¿Quedaba en mí algo del instinto de preservación de la especie?

-Dije cretino, pero eres algo peor- se limitó a asegurar ella con una sonrisa, mientras me señalaba el interior. Y añadió:

-Adelante. Te esperan.

Tomé mi sitio y llevo ya jugando varias eternidades. Sé que un día la niebla despejará y nos sabremos todos solos ante el tiempo, mientras bebemos cubalibres, fumamos y envidamos a los restos en la penumbra de esa habitación trasera del bar con las cortinas echadas, con los cubalibres a medio apurar. Yo sólo quiero levantarme y huir con mi dama ofídica, pero sé que nunca ocurrirá ¿Dónde he venido a parar? ¿Quién soy yo?

 

El día del feriante

el dia del feriante small¿Que si me acuerdo de Pepe Forte? Pues claro que sí. Pepe Betanzos le llamábamos en el barrio, porque decía haber nacido allí, con un acento gallego simulado que no colaba ni en broma. Pero reconozco que Pepe era un personaje curioso que destacaba del montón. La simpatía hacia él se despertó pronto entre el grupo de amigos en el que me movía entonces. Y la amistad se fue estrechando cuando, por motivos que desconocíamos, aquel año Pepe se quedó instalado en el descampado, al terminar las fiestas de primavera.

El bueno de Pepe nos abría su caseta de tiro por las tardes, para que practicáramos gratis, y entre disparo y disparo no paraba de contarnos historias y batallas de sus muchos años como feriante. Presumía de haber viajado por toda España, Francia y Portugal, y de haberse codeado con artistas e intelectuales famosos, a los que se arrogaba el mérito de haber ayudado e inspirado en muchas de sus creaciones. Ninguno lo creíamos, cuando decía que acompañaba a veces a Picasso en las corridas de toros, cuando fardaba de haber enseñado ciertos pasos de vodevil al anciano Maurice Chevalier, o haber tomado muchas tazas de café con Sartre y de Beauvoir.

A nosotros estos nombres no nos impresionaban mucho y, dicha sea la verdad, eran para nuestros oídos poco más que ecos débiles de algún trozo de película visto por azar, o de alguna tertulia de La Clave, aguantada a duras penas en uno de aquellos sábados por la tarde de la entonces novedosa Segunda Cadena. Pero Pepe Betanzos nos encandiló desde el principio con su aire de abuelete sabio y paciente, que jugaba al ajedrez contigo en un extremo de la barra mientras la clientela disparaba a los palillos de dientes con sus viejas carabinas de aire comprimido.

Algo justo de dinero, Pepe había llegado a un acuerdo con dueño de un bar cercano, en el que, a cambio del desayuno y la comida, tocaba la guitarra algunas tardes, limpiaba el salón y sacaba la basura.

Su conversación brillaba con luz especial y se le notaban en seguida los viajes y las lecturas, pero pecaba un poco de pedantería, y era incapaz de resistirse a poner el copete a cualquier asunto sobre el que estuviéramos conversando, normalmente con lo que él decía que era una cita de tal o cuál autor. Presumía también de ser un experto en literatura china, aunque aparte de algunas máximas del libro de Lao Tse, ninguno de nosotros, pobres chavales a medio educar, estaba en condiciones de probar que nos estaba engañando. El caso es que cualquiera que fuera el tema de conversación, el tipo sacaba de la chistera un refrán, un dicho, una sentencia de un supuesto literato chino, que ponía punto final al debate y nos dejaba a todos mudos.

Ramiro empezó a sospechar de él desde el principio y a tratarlo como farsante, pero tampoco podía aportar pruebas, y así, Pepe aprovechaba para establecer debates de lógica aristotélica que evidentemente deshacían la solidez del tosco entendimiento de Ramiro que, como el resto de nosotros, nunca había oído mencionar la lógica ni las proposiciones, ni las negaciones y para remate todo terminaba con la frase lapidaria de algún que otro escritor chino de hace algunos miles de años.

Pese a que Pepe Betanzos nos caía muy bien, nos tenía un poco hartos ya con lo que creíamos impostura, y empezamos a elaborar un plan para someterlo a la máquina de la verdad. Estábamos plenamente convencidos de la veracidad del dicho “Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”. Así pues lo emborracharíamos y después de sonsacarle la verdad rastrearíamos su casa en busca de las evidencias que nos faltaban para quitarle la careta y ponerlo en su lugar: el de un charlatán de feria amable y sin malicia, pero presuntuoso.

Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando aquella tarde, en una limusina, llegaron tres chinos vestidos de negro y preguntaron en el bar de la carretera por un tal Pepe Feliante ¿Qué no se lo creen? Yo tampoco me lo creía mientras lo veía con mis propios ojos. Yo oí aquellas erres mal pronunciadas y fui testigo de las indicaciones de Ángel, el dueño del bar, que les señaló la zona dónde cada tarde Pepe abría su caseta de dardos y carabinas de aire comprimido. Yo acompañé a esos tres caballeros orientales hasta allí y oí a Pepe recibirlos y conversar con ellos en lo que supuse que era perfecto mandarín.

Pepe abandonó el barrio una semana después, y nunca hemos vuelto a saber de él.
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