El hombre que midió la Tierra

Querido hijo:

El progreso de mi ceguera es ya innegable y me temo que irreversible. Esta mañana me visitó de nuevo Afar, el médico del faraón y tras diagnosticarme una subida de agua a los ojos, me ha prescrito un tratamiento a base de polvos de galena y granito que sobradamente sé que no tendrá efecto alguno. Los médicos egipcios son capaces de curar con éxito las heridas externas y se aplican con maestría en tareas tan delicadas como la trepanación de cráneos, pero los he visto fracasar continuamente al enfrentarse a las enfermedades internas. Cuando se acaba su lista de recetas heredada de la noche de los tiempos y llena de piedras pulverizadas y humores y excrementos de animales, hacen un último intento con la magia antes de desahuciar al paciente. No me cabe la menor duda de que, si no me he muerto antes, dentro de unos días Afar se presentará aquí y empezará a escribir encantamientos en rollitos de papiro.

Te escribo desde Menfis, la antigua capital de la época gloriosa de Egipto, donde el nuevo faraón, Ptolomeo Epífanes, ha querido celebrar su coronación, imitando a los legendarios reyes de antaño. El faraón me ha dado permiso para alojarme en casa de mi viejo amigo, el escriba Hetop, que fue discípulo mío en la biblioteca durante varios años y uno de sus ayudantes ha tenido la amabilidad de tomar al dictado las notas para esta carta, que espero que ya hayas recibido cuando yo me encuentre de regreso en Alejandría, si es que todavía estoy vivo. El bullicio de las celebraciones populares en las calles, con su música, sus bailes y sus piadosas ceremonias religiosas, supera los altos muros y llega en ecos atenuados hasta las frescas estancias y los sombreados patios de esta magnífica mansión.

el hombre que midio la tierra

Hetop es un anfitrión excelente pero ni siquiera los guisos de su famosa cocinera han hecho que este viejo saco de huesos vuelva a recuperar el apetito. La cocina egipcia no es distinta, en el fondo, de su medicina y de sus matemáticas. Hay una tendencia innata en la gente del Nilo a pensar que todo problema se resuelve siguiendo al pie de la letra una lista preparada por los dioses el día de la Creación y legada después a esas pobres criaturas llamadas hombres. Mi buen Hetop ha abandonado todo espíritu crítico, todo intento de abstraer y todo indicio de las maneras investigadoras que apuntaba su despierta adolescencia en Alejandría. Ahora se conduce, de pensamiento, palabra y obra, con toda la pompa y el boato y la cerrazón que se le suponen al escriba con mayor nivel de Menfis.

Por las tardes nos suele visitar Arístides que es el cabeza de los del jardín, aquí en Menfis. Ya sabes que las ideas de los epicureos han alimentado mi espíritu y han sido siempre la base que ha cimentado mis proyectos, ya desde mis años en Atenas. Por eso ahora me parece una ironía del destino que sean precisamente ellos, de entre los no ignorantes, lo únicos que se niegan a aceptar mis conclusiones sobre la esfericidad de la Tierra y lo que probablemente es el logro más importante de mi carrera científica, la medición exacta de sus dimensiones. No obstante, he aprendido a tolerar sus bromas al respecto. El epicureismo, y en particular su concepción de los dioses como apartados y quizás incluso ignorantes de los asuntos humanos, me ayudó a aceptar que no es un sacrilegio investigar la naturaleza con la mente abierta. Este desapego hacia los dogmas religiosos me permitió a mí, al igual que le permitió a mi admirado amigo y maestro Arquímedes, el más grande de entre los sabios que ha dado el mundo, separarme de la superstición y analizar las pruebas sin prejuicios, todo ello sin renunciar a la idea de un principio creador. Te sorprenderá quizás, que yo diga esto, cuando lo cierto es que siempre he contado con el apoyo incondicional del faraón, pero tendrías que haber asistido a uno de los interminables debates de mis primeros tiempos en la biblioteca, cuando además de los faraones Evergetes antes, y Filopátor después, solía asistir el bueno de Cleanto de Assos. Cleanto no se preocupaba por rebatir mis argumentos o los de Arquímedes, sino que insistía en que yo mismo, Arquímedes, e incluso el viejo Aristarco de Samos, debíamos de ser procesados por impíos. Con nuestra obsesión por medir, estimar y dibujar, nos habíamos atrevido, decía Cleanto, a poner en tela de juicio el carácter divino de la esfera celeste. Afortunadamente ninguno de aquellos faraones se tomó en serio las peticiones de Cleanto y en cualquier caso, mi intención nunca fue poner en tela de juicio el origen divino de la Creación, en el que creo completamente, sino simplemente conocer mejor los detalles de la gran obra, cosa que creo que forma parte del plan del Hacedor.

Respeto a Aristarco, he de decir que yo nunca estuve de acuerdo con él, en su hipótesis de que es el sol y no la Tierra, el que ocupa el centro del universo. Pero pese a la diferencia de opiniones y aunque no me gustaba el misticismo pitagórico que lo inspiraba, siempre he defendido su derecho a proponer y buscar las evidencias naturales que pudieran soportar su postura. Por un lado, está claro que si la Tierra se moviera alrededor del sol, las constelaciones sufrirían ante nuestra vista terribles deformaciones angulares. Por otro, el de Estagira estableció que la Tierra, al ser lo más pesado, debe de estar en el fondo, o sea en el centro del universo, y los astros, que son más ligeros, hechos de fuego puro, están por encima. Lo contrario sería aceptar que lo pesado gira mientras que lo ligero está inmóvil. Y esta es la mejor prueba de que Aristarco erraba en este aspecto. Si bien he de reconocer que el hecho de que Arquímedes, en cuya intuición siempre confié, nunca desechara completamente la hipótesis de Aristarco, siempre me hizo albergar un fondo de duda al respecto.


Y sin embargo fue el propio Aristarco el que, poco antes de morir, me sugirió la idea que me permitió hacer la medición de la Tierra, cuando me habló de sus elucubraciones sobre la estimación del tamaño de los planetas en función de su brillo y de sus intentos de medir el diámetro del sol visualmente con ayuda de una regla en un día de niebla. Verdaderamente el de Samos tenía una imaginación fecunda y no paraba de generar ideas; algunas se quedaban en meras ocurrencias, pero otras eran muy agudas. Aunque también es cierto que yo había empezado a concebir el plan tras una de mis estancias en Siracusa, después de que Arquímedes me mostrara un boceto de sus trabajos sobre la propagación de la luz. Él fue el que me hizo comprender que, si el sol es tan inmensamente grande como algunos pensamos con respecto a la Tierra, entonces, sin duda, sus rayos llegan, a todos los efectos, de forma paralela a nosotros, sea cual sea la latitud en la que nos encontremos. Esta fue la clave. El resto ya lo conoces. Afortunadamente los mercaderes egipcios, aparte de dicharacheros y vende burras, son muy aficionados a adornar sus registros contables con relatos curiosos sobre los lugares que visitan y entre charlas, listas y una visita personal pude confirmar que, efectivamente, los postes verticales en Siena no arrojan ninguna sombra al mediodía, justo en el mismo día del año en que en Alejandría sí lo hacen. La distancia entre ambas ciudades la obtuve de testimonios de mercaderes, militares y viajeros, valores que promedié cuidadosamente durante años y que ajusté con una medición de mi propio encargo. El ángulo de la sombra del poste vertical en Alejandría era un tema muy delicado y me di cuenta desde el principio de que cualquier pequeño error en su medición, podría significar un error magnificado en la cifra final. Por eso contraté al herrero Abbas la construcción de un gnomon especialmente preciso.

Pero no creas que aquí en Menfis Hetop me deja presumir mucho de mis hazañas intelectuales. Él ya se considera una lumbrera porque entiende el lenguaje de los jeroglíficos, que va quedando gradualmente restringido a los sacerdotes y a los de su clase y que supongo que en una o dos generaciones corre peligro de quedar totalmente olvidado, lo cual sería una pena. Ayer, en presencia de Arístides, me preguntó con sorna qué era eso a lo que los geómetras llamamos punto: ¿una sandía, un garbanzo, un grano de trigo, o un grano de arena? Cuando le respondí que el punto aparecía precisamente cuando no quedaba nada, casi se hernió al contener la risa. Otros días me enreda con las aporías más tontas, o intenta confundirme con las paradojas de Zenón. Supongo que esos pequeños desprecios le hacen sentir que la geometría es una pérdida de tiempo y que lo verdaderamente importante es dibujar burrapatos (así es como los egipcios llaman a los garabatos) y pretender que son el verdadero idioma de los dioses. No creas que me siento ofendido por sus dardos. Si eso le sirve de consuelo, lo doy por bien empleado, pues noto que, aparte de estas pequeñas burlas, su cariño hacia mí es sincero.

Siento que mi vida va echando su cierre, mi pequeño lince, y ya que será imposible verte, me gustaría al menos poder abrazarte una última vez antes de partir, si bien soy consciente de las trabas que impiden la materialización de este anhelo. Escríbeme, al menos, si ésta llega a tus manos, y cuéntame como te va todo por Atenas. Supongo que cuando el faraón se canse de recibir la adulación de sus súbditos en Menfis y sienta que ya está debidamente engarzado en el pabellón de divinidades antiguas, junto a Amón,-Ra y Osiris, la comitiva volverá a Alejandría, y yo con ella, si el Creador así lo tiene dispuesto. Aristófanes ya se hizo cargo de la biblioteca a comienzos de año y a mí, imposibilitado ya para la geografía y la geometría, solo me queda dictar, quizás, mis poemas antes de que la noche caiga del todo. Dicen los egipcios, que de estas cosas saben mucho, que hay que ir al encuentro de la muerte con la imagen del momento más feliz de la vida bien presente en la memoria porque, si el corazón equilibra a la pluma de Maat, ese pensamiento postrero es el que condicionará la vida palingenésica en el paraíso al que ellos llaman Iaru, que no es otra cosa que la desembocadura de su adorado Nilo. Yo fui alumno del gran Euclides en Alejandría, y estaba en su clase el día en que, ante la pregunta del hijo de un potentado meda sobre la utilidad del teorema de Pitágoras, el gran recopilador ordenó a su ayudante que le diera una moneda al joven ignorante para que sacara provecho de la clase, puesto que eso era lo único que le preocupaba. Yo fui testigo y parte de las discusiones intelectuales del más alto nivel de mi tiempo. Yo he dirigido durante más de cuarenta años el templo del saber de nuestros días, la fabulosa biblioteca de los Ptolomeos. Yo he vivido momentos de éxtasis, como aquella vez en la que, con el corazón en un puño, esperé el mediodía de Siena en el fondo de un pozo seco y sentí los rayos de sol rebasar el brocal y entrar verticalmente sobre mi cabeza para ver confirmada mi teoría. Pero nada de esto ocupará mis últimos pensamientos. Yo me iré, hijo, con la imagen de aquellas tardes de tu niñez en el faro de Siracusa, cuando juntos veíamos a los barcos desaparecer poco a poco tras el horizonte, primero el casco, luego la cubierta y finalmente las velas, y cuando al crepúsculo tu madre venía a buscarnos para cenar y los tres regresábamos a casa de Arquímedes paseando por la orilla del mar. Ya sea a la griega, o sea en el Elíseo con jueces de ultratumba, o a la egipcia, es decir en el Iaru con tribunal de Osiris, espero encontrarme con ella pronto.

Tu padre, Eratóstenes, el de Cirene, al que también han llamado el Beta, el Pentathlos e incluso, muy inmerecidamente, el segundo Platón.

En Menfis, durante el primer año del reinado del faraón Ptolomeo Epífanes.

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Planeta de exilio

Lo admito. Para ser un planeta de exilio, O-Beja no está nada mal. A la parienta y a mí empezaron echándonos de nuestro pueblo de siempre, Villanueva del Carajal, porque guisábamos caracoles en salsa algunos domingos. Sí, hombre, sí, caracoles a la manera de La Mancha manchega, con picante y chorizo. En aquella época ya estaba prohibidísimo por el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, que había declarado a los caracoles, y sobre todo a las babosas, animales sagrados. Aparte de dejarnos en la ruina, nuestro abogado se empeñó en que no aceptáramos nuestro destierro del pueblo y apeláramos al tribunal planetario. Y eso hicimos, pero en vez de rehabilitarnos, nos declaró blasfemos y profanadores irredentos y nos exilió, cito textualmente: “al planeta más desolado de los dominios terráqueos”.

Hay cosas que echo de menos de aquella época, por ejemplo las partidas de mus en casa del boticario, los jueves por la tarde después de la paella. Aquí en O-Beja no hay manera de echar un órdago y ya casi se me está olvidando como se hacen las treinta y una; de la real ya, ni les cuento. A mi mujer no le gustan las cartas y los mercaderes que pasan por aquí cada muerte de papa son gentes más de póker que de mus. Otra cosa que también añoro son las misas precongresuales que el párroco de Villanueva del Carajal, don Cimborrio, daba los terceros domingos de cada mes. ¡Ay Madre Santa que nostalgia de aquellos fiat voluntas tua que seguramente ya nunca volveremos a oír! Todo aquello ahora es parte de un pasado irrecuperable, distante en el tiempo y en el espacio, aquí, en este erial a más de una arroba de años luz de la madre Tierra.

Planeta de exilio

Super flumina Babylonis illic sedimus et flevimus: dum recordaremur tui, Sion.

Pero oye, ya puestos en faena, o sea, ya exiliados, insisto en que O-Beja es un planeta aceptable. Aunque si nos ponemos quisquillosos, planeta, planeta, lo que se dice planeta, tampoco es. Es un satélite del planetusco ese verdeazulón que se ve en la foto que nos sacó el melonero de Beta Carinae que pasó por aquí hace unos meses. En la Tierra lo llaman BolaK y es el segundo del sistema de Rigel, la pezuña de Orión. En BolaK no hay cristiano que aguante un minuto porque la gravedad es más de siete y eso, amigo mío, ¡ni los del mismo Bilbao! Pero aquí en O-Beja se está bien cómodo con sus llevaderos 0,89g. ¡Eh! ¡Ojo! Hay que trabajar duro para sobrevivir. Las ovejas que me dejaron traerme de Villanueva del Carajal son duras y se han adaptado de perlas a este terruño bermellón que, aunque un poco árido en apariencia, resulta ideal para la huerta, sobre todo para la triada básica del hortelano castellano, que es la única triada con cuatro elementos: tomate, pepino, cebolla y lechuga. ¡Vaya ensaladas que prepara la parienta con lo que sacamos del huerto! Ahora ya puedo contar también que metí en el cohete varias gallinas de contrabando y por eso tenemos huevos en abundancia. De las patatas, ni os cuento. Se crían que da gloria verlas y dicha comerlas. Es verdad que se extraña el lomo y la panceta, pero ya he apalabrao unos gorrinos hexapérnicos con un buhonero del sistema de Pegaso que a lo mejor me los trae el próximo otoño o-bejiano. Se parecen a los gorrinos de la Tierra de toda la vida, pero tienen seis extremidades y todo el mundo sabe que allá por los años finales del siglo XXIII una banda de ecoactivistas andorranos les incorporó material genético del gorrino ibérico español, por lo que su fama culinaria es ya legendaria en toda la Vía Láctea y parte de Andrómeda.

Aparte de esto, les cuento que mi mujer y yo recibimos con tristeza las noticias de la última oleada de revoluciones que empezó el año pasado en el viejo globo y se propagó rápidamente a Marte, a Titán y al resto de colonias terrícolas del sistema solar. ¡Vaya fregado que han preparado que hasta han hecho cachos a la pobre Luna! Ahora a ver quién es el guapo que pone orden en todo un sistema estelar sometido a la anarquía absoluta y a la ley de las mafias planetarias. ¡Hala majos, a buscar un nuevo Augusto que os meta en cintura! Os deseo suerte. Nosotros no tenemos motivo de queja. A la parienta y a mí no nos falta de nada aquí en O-Beja. Y los chicos ya se hicieron mayores y, gracias a Dios, están bien colocados. El muchacho está de ingeniero de minas en un satélite de Amera-5 y la moza es abogada del tribunal interestelar en la sede central esa que tienen en Aldebarán-8. A ver si un año de estos podemos juntarnos todos y alguno de ellos se presenta ya con algún nieto.

Por lo demás, todo bien. Aquí nos ven en la instantánea del melonero. A la parienta le ha entrado nostalgia de su viejo oficio de química y después de montarse un laboratorio en la cocina y tunear la aspiradora, anda tomando muestras del cieno ponzoñoso de las charcas locales para ver si le encuentra alguna utilidad práctica. Dice que a lo mejor se puede sacar fertilizante para la huerta. A mi se me ve con mi equipo de buceo casero y la horca de ahechar a punto de zambullirme en busca de caracoles autóctonos. No he renunciado a volver a mojar pan en una de esas sabrosas salsas que espero poder hacer dentro de poco con caracoles endémicos, chorizo de gorrino hexapérnico y una variedad mutada de pimientos de Padrón que también metí de matute en el cohete. ¡Me se cuiden, terrícolas!

Imposible el agua

Agua imposible en el amanecer del siglo. Emana un sentimiento de pena y decidido estoy a anotarlo todo. Sí. Para luego contarlo, pues que otra pobre cosa puede hacer un gacetillero.
Imposible el vino de ese color verde. Añadas venenosas que crecen en las cepas del sueño anotado. Sopor de vasos a medio terminar, turbios de tierra llovida. Cambian los tiempos, cambian las constantes. En esa tierra siempre hubo puertas con guardianes defensores. Pero lo difícil era salir. Admiten a cualquier insensato que quiere pasar una simple mañana de fiesta. Es un lugar condenado y cerril, donde las flores son transparentes y los animales domésticos atacan a todo lo que se mueve.
Despierto del sueño. Quiero salir. Estoy decidido a intentarlo. Llevo años trabajando en mi laboratorio clandestino y he conseguido sintetizar el gas que duerme a los gigantes guardianes.
Hay dos cosas que no he tenido en cuenta, pero ya las he olvidado. Espero que no fueran importantes. Controlan también mis pensamientos y es posible hasta que me estén dando ellos esta sugerencia. Creo que me tienen enfilado desde aquella vez que grité ¡viva el señor alcalde! Fue un error. Observé como enseguida los matones cuchicheaban con los capos y me señalaban. Yo solo quería asegurarme el futuro. Y ahora terminaré en el fondo de cualquier hoyo al final de un callejón amarillo.
Rezo sin parar, pero a dioses olvidados que ya nadie reconocería. Pongo ofrendas en un plato, lapiceros mellados, hojas secas, cáscaras de huevo. Se que le gustan esas cosas. Una vez me ayudó con un milagrito. No sé si esta vez hará algo. Creo que se está volviendo un perezoso.
Si mi fuga tiene éxito, ya se enteraran ustedes por la prensa. Si no seré un simple cadáver más en el montón de la parte de atrás de los grandes almacenes. Suerte.

Voy a escapar de mi trabajo.

El lamento del vendedor

Grité mi súplica en medio del atasco al tipo que conducía el porche-cayén.
Expuse mis cuitas al panadero que preparaba la primera hornada del día a una hora indecente.
Se lo conté al boticario y a la practicanta mientras jugábamos al mus en la mesa camilla de la trastienda.
Pinté un esquema del pozo que amenaza engullirme y lo presenté con power-point en congresos y reuniones científicas.
Sermoneé desde los púlpitos a las jóvenes seminaristas que vestían pecaminosas sotanas de muselina rosa en su puesta de largo.
Ladré mis quejas en la televisión basura ante un grupo de gente escamosa, febril y bucanera.
Me desgañité lanzando consignas a moros, judíos y cristianos desde la punta del pico Almanzor.
Solo después de largos años e incontables afonías, he comprendido que hablo una lengua ignota.
Y que la gente tiene sus propios problemas, y que ya nadie escucha a nadie desde que nos animaron a vivir vendiéndonos.

Nacido en 20390

¿Por qué se da por asumido que el destino de la humanidad en general tiene que ser distinto al destino de cada miembro de la raza humana en particular?
¿Por qué causa tanto desasosiego que un día deje de existir una especie que se compone solo de individuos que perecen?
¿Qué mueve a tantos a pensar que el final del todo no es ni más ni menos que el agregado del final de sus partes? ¿Acaso tiene una especie propiedades emergentes distintas a las de sus especímenes?
Yo mismo trabajé durante años y años en aquella hipótesis loca que propuso la legendaria profesora Septor, allá por el noveno milenio, según dicen los registros, cuando todos los intentos de abandonar el planeta Tierra se dieron por imposibles, si no era en la forma de cerebros transferidos a robots.
Pero pronto surgió la llamada gran controversia y el inevitable enfrentamiento con lo que entonces se llamó despectivamente la nueva subespecie.
Para evitar el enfrentamiento armado, se marcharon todos en la evasión global del año 11213, antes de que la tecnología de transformación fuera ilegalizada y tanto los centros de transferencia, como los robots receptores fueran destruidos y proscritos.
Los ya transferidos se marcharon sin acritud. Renunciaron a los sentidos para vivir para siempre. Poblaron la Luna y Marte, los satélites de Júpiter, e incluso dicen que algunos se establecieron en los planetas enanos y quizás estén viajando ahora hacia las estrellas vecinas.
Aquí las cosas volvieron rápidamente al estado anterior a la invención de la transferencia cerebral: superpoblación, desertificación galopante y guerras constantes por el control de los recursos. Luego, los nuevos y feroces brotes víricos nos diezmaron y nos condenaron a la lenta desaparición.
El último censo en la zona eurasiática no llega a más que a unas pocas centenas, y todos estamos aislados en nuestras granjas subterráneas.
Hace ya varios meses que mi grupo local cursó la petición conjunta a los transhumanos, que es como ellos se llamaron a sí mismos antes de irse, en respuesta a nuestro despectivo “subespecie”. Se dice que han evolucionado mucho en estos milenios, que han encontrado nuevas formas de sentir y que no han perdido algo del destello vital que siempre nos ha caracterizado como hombres.
Espero que no nos guarden rencor y que finalmente nos acojan. Abandonaré la Tierra y espero que el resto también lo haga. La dejaremos tranquila para que se recupere del trance de nuestro paso como especie dominante durante casi un millón de años. No tengo miedo de mirarme al espejo y verme dentro de una máquina. Al contrario: una nueva ilusión me llena cuando pienso que el universo entero puede ser mi nuevo horizonte, una nueva curiosidad me invade al preguntarme que sentirán mis dedos al tocar la piel de mi amada. Correré el riesgo.
Eurasia. Zona desértica. Subterráneo Magnogreco.
12 de abril de 20456

Asalto al castillo

Veo que sigues lamentándote después de tantos años. Deja que te diga algo, Romualdo: todo aquello que nunca serás está encerrado en un castillo. Te parecerá que despiertas de un sueño profundo cuando comprendas que nunca estuviste dentro. Eres uno de los impuros, de los malos. Más te vale dejar de fantasear con insignias de capitán de los Tercios de Flandes y de ejemplo a imitar por las masas abyectas. Tu pelo se está volviendo blanco y te apagas por momentos simulando una sonrisa que te delata y te muestra sabedor del abismo que te separa de la fuente de la plenitud.

Me dices que si no miras al castillo solo ves tierra yerma a tu alrededor. ¿Acaso eres uno más de esos impostores entre farsantes que creen que la vida es todo o nada? ¿De esos que se miran los pies, inseguros cuando llegan a un cruce de vías? Te he calado, compañero. Por una parte crees que desistir del asalto al castillo es morir a las aspiraciones vitales, pero por otra intuyes que es lo que tienes que hacer para empezar a vivir de verdad.

¿Qué rumbo seguir? Cualquiera, hombre, cualquiera. Solo cuenta el paso que das en cada momento, la felicidad y el bien que a través de ti entra en el mundo. El desierto dará paso a algún oasis y después vendrá una vega. Allí podrás luchar por el sustento con la ayuda del agua y la umbría. Sentirás como tus riñones se quiebran con el relente y cantarás tonadas inaudibles mientras desentierras patatas. Pan, cebolla y el murmullo de la corriente te harán olvidar tus pretensiones de vida cortesana y aprender a amar dura la existencia hortelana. Cuando te vayas no te irás del todo, porque te enterrarán bajo los chopos y con las generaciones, tus átomos serán siempre una parte de la vega. Serás tierra, hierba, agua y lagartija y estarás en paz hasta que el tiempo se acabe.

Mira que te lo digo, Romualdo.

Las memorias de Ibn Amir Hastam

Confieso, hermano, que he vivido muchas vidas antes de ésta. La segunda empezó una tarde fría de comienzos de primavera, durante la cacería. No recuerdo los detalles, pero la bestia escapó al cerco y me desgarró en un momento. Ni siquiera lo sentí. Hace un segundo era todavía el hambriento cazador y al instante mi espíritu se marchaba huyendo a saltos entre los riscos, evitando las lanzas que silbaban a mis flancos.

Que puedo contar que no se imaginen. Fui rey de mi territorio, luché por defenderlo y vi a muchos de mis cachorros partir en busca de su destino. Escapé a los cazadores y, buen conocedor de todas sus añagazas, burlé a la muerte durante años. Pero ella no respeta nada y me estaba comiendo por dentro con paciencia. Un día de otoño, tras abrevar en la orilla del gran lago, comprendí que había llegado el final y comprendí también que eran los restos de mi antiguo razonamiento humano los que me permitían atisbarlo. Como bestia me habría dejado ir, echado en una ladera, para entrar otra vez en la tierra y ser de nuevo la nada de la que vine. Pero era consciente de mi final y sentía dolor.

Sin embargo, el hambre fue mi aliada y gracias a ella seguí con vida. Llegué hasta el pie de un árbol y sentí mi espíritu pasar al pájaro carroñero que vino a picarme, justo antes de que el último hálito de consciencia me abandonara.

Desde entonces han sido incontables los crepúsculos. Me arrastré como serpiente y trabajé la tierra de sol a sol como pobre toro castrado, viví en el mundo ciego de los topos y navegué los océanos un sinnúmero de años como ballena. Volví a un cuerpo humano gracias a aquel sabio persa que mutiló mi cuerpo perfecto de hurón para aprender anatomía animal.

Ya me había olvidado de que el cerebro humano es mucho más capaz, pero me resulta imposible seguir acumulando conciencias. Solo me duele no haber averiguado en todos estos miles de años si hay más como yo. Esta vez me aseguraré de que ningún ser vivo esté cerca en el momento final y por fin me podré diluir con la nada, con el todo.

En Damasco, año 321 de la huida del Profeta.

Ibn Amir Hastam

La dura vida del transportista planetario

Las chicas y yo vimos al viajero que había llegado con retraso y perdido el tren que lo debía llevar esa misma tarde a Burgo-Quisena. Aquella era una oportunidad que no quería dejar escapar de ninguna manera, así que me acerqué a él y le ofrecí mis servicios de transporte.
Al principio se mostró un poco desconfiado, pero por lo visto su urgencia era muy grande y tras inquirirme sobre otras posibilidades de traslado y contestarle yo negativamente, accedió. Cargué con su maleta y la puse en la parte alta del carruaje. El trastaleo despertó a una de las monstruosas caballerías que se desperezó ruidosamente.
-¿Son de fiar, verdad? Me preguntó el viajero, mientras miraba asustado como la bestia se erguía en toda su altura y se palpaba los aguijones venenosos de sus flancos.
-No se preocupe, le tranquilicé. Los ofitauros siempre se acicalan al despertarse. Mis carruajes son mucho más seguros que esos trenes blindados de la compañía pública. El desierto está lleno de bandidos, gente de todo tipo que después de la gran depresión está dispuesta a cualquier cosa por algo que llevarse a la boca.
El viajero examinó a mis animales de arriba a abajo y dijo:
-Nunca podré confiar en un ser al que sé que lo único que le impide devorarme de un bocado, es que un chip de contrabando insertado en su amígdala funcione bien.
-Mis ofitauros llevan chips originales, señor y mis papeles están en regla. Llevo más de 3 ciclos locales trabajando con estos especímenes sin un solo problema ¿Sabe usted cuánto es eso en años terrestres? ¡Casi noventa!
-De acuerdo, de acuerdo. Dijo a regañadientes, mientras se acomodaba en el sofá de la cabina central.
A los pocos minutos de iniciar el vuelo el gas del olvido ya había hecho su trabajo y pude subir al techo y registrar cómodamente su equipaje. El botín fue de los mejores de toda mi carrera: ¡Casi un millón de ungax!
Realmente me seguía sorprendiendo la candidez de algunos de los viajeros que se aventuraban en los desiertos de Quisena Betelegeuse. Supongo que les atraía precisamente la falta de control que la autoridad del Cúmulo tenía sobre este rincón de la galaxia. Pero sé que lo que más les influía eran las abultadas trolas que se contaban sobre tesoros, animales mitológicos, mujeres exóticas y fama y riquezas repentinas. Muchos de ellos eran los mejores estudiantes de las universidades galácticas que, tras los interminables años de férrea disciplina en el estudio, querían alcanzar la riqueza por la vía rápida y compensar de golpe los lustros de falta de diversión y emociones. Para eso venían al mundo bruto de esta bola de contrastes radicales que orbita a la imponente Betelgeuse, justo al borde exterior de su banda goldilocks. Pero el que estaba aprovechando bien esta situación era yo, con mi negocio de transporte desértico.
¿Ya estarán pensando que soy un malvado, no? Dejen que les cuente…Los tiempos de los héroes ya habían quedado atrás. Yo mismo fui uno de aquellos ilusos hace más de trescientos años y terminé humillado, desplumado y obligado a ganarme la vida de forma poco limpia en el lugar que había arruinado mis sueños de grandeza.
Sí, amigos, sí. Yo también vine aquí después de decenios de dura disciplina de estudio en un internado en las lunas de Arturo-6. Y vine con la intención de hacerme rico y de conquistar a las damas Quisenias. Pero me perdí en los ruidos de sus dulces sugerencias y no he querido encontrar la forma de salir.

Ahora engaño a los viajeros confiados que emprenden la misma aventura, y les robo todo, aunque les dejo siempre lo justo para que se paguen un billete de vuelta fuera del planeta. Atontados por el gas, mis víctimas despertarán en una cueva donde yo también me fingiré capturado. Mis guerreras disfrazadas nos perdonarán la vida a ambos y nos permitirán volver al astropuerto, dónde embarcaré al viajero de vuelta a su tierra, haciéndole creer que hemos tenido una suerte inmensa al salvar la vida.
Creo que incluso mi labor bandolera puede resultar buena, en el sentido amplio, pues sé que algunos de estos aspirantes a conquistador, empiezan una nueva existencia con la sensación de borrón y cuenta nueva y adoptan comportamientos mucho más morales que los que los traen aquí al olor del dinero fácil. He oído testimonios sobre algunos que se vuelven filántropos y ecólogos, cosa que sus explotados planetas suelen agradecer mucho.
El eco de lo que aquí pasó tardará años en regresar a su memoria, filtrado por el gas del olvido que les hago respirar en la cueva. Y lo hará en forma de remembranzas vagas sobre hechos heroicos y aventuras amorosas que a ellos les parecerán reales.
¿Siguen pensando que soy un malvado? Me llegan hombres de ambición ilimitada y dispuestos a cualquier cosa para hacerse ricos, y los devuelvo a sus planetas de origen; pobres, sí, pero humildes, agradecidos, con moral renovada y con recuerdos que les hacen creer que son buenos, e incluso que son héroes ¿Merezco la cárcel o la gloria?

La leyenda de la partida eterna

¡Qué tontería! No me importa. No me importa. Todas las cosas que no me importan están metidas en una caja de cartón. Se cierra con cinta aislante y no se puede abrir más. Ahora pienso que lo más conveniente es envidar y así evitar los problemas que se me vienen encima si ese novicio empieza a tener la suerte del principiante.

Nubes de color rojo que descargarán pepitas de calabaza en un mundo plano ¿Por qué tengo estas visiones desde que entré en el dichoso bar de carretera? Son como un carrusel imparable. Vienen por lo lejos jinetes que quieren cosas. La vida quiere cosas. Aquí están ya los cuatro cerdos de la piara real. Bañados en pintura metálica, beben vino romano desplazado en el tiempo. Miran los programas chuscos de la televisión y comen hechura de aquella de la que se alimentaban los cerdos en el cenagal del corral de abajo. Allá donde voy oigo sus gruñidos y siento su mal olor. ¿Qué es el corral de abajo?

¿Saben cómo llegué aquí? Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarme por aquella franja de tierra. Estuve a punto de caerme al pozo de verdes aguas, tornasolada cripta que no pudieron evitar tantos conocidos. Sí, tantos, pero ¿Quiénes?

Aquel día todos me esperaban ya sentados a la mesa, queridos compañeros con los que iba a jugar la gran partida, la que no termina nunca. Cuando yo llegué, ellos llevaban eones bebiendo cubatas inocuos y comentando los avatares de sus vidas anteriores, los recodos donde tomaron el mal camino, donde a pesar de ser los aventajados, erraron el paso. Me pregunto cómo pueden acordarse de esas cosas. Yo daría todo lo que tengo por recordar detalles de mi vida ¿Quién soy? ¿Cómo llegué a esta dimensión? Debí darme un golpe en la cabeza al atravesar el portal. Y al fin y al cabo, no tengo nada.

El camarero que nos sirve está contento en su bar ¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo es feliz en un limbo que existe, pero que no es como el que el papa anuló antaño? ¿Qué es el papa? El limbo es un bar de carretera rodeado por la niebla gris cerrada donde de vez en cuando pasará un coche con más almas extraviadas que, si no saben jugar, se limitarán a rodear a los expertos, observando el desarrollo de las partidas durante toda la eternidad ¿Qué prisa hay?

Pero les contaré más detalles de mi aventura al llegar aquí. Una mujer se me acercó arrastrándose, mientras yo miraba por el brocal del pozo de aguas verdes, y me gritó al oído:

-Muchos de los que aún no estamos allí, ya nos vamos dando cuenta de que los avanzados no han hecho más que anticipar un camino que todos tenemos trillado desde nuestra infancia: el camino del trabajo deslomante en el campo y el alterne nocturno en esos bares en los que cada uno pone en juego lo poco que le sobra. Allí demostrarán su astucia esos hombres y mujeres que no quisieron saber de matemáticas o de física, pero sí de leyes de la vida, no de teoría de las armas, pero sí de la práctica de ellas. Yo no me cuento. Esa práctica se mezclará en las partidas como el aceite que lubrica los engranajes de esa complicada máquina que fue la vida, que fue, que fue, que fue ¿Estaba el eco sólo en mi cabeza?

-¿Por qué me gritas?- le pregunté, asustado, y sorprendido de oír aquellas palabras en la boca de una mujer.

-Para que no nos oigan, pequeño cretino- me contestó con desdén. Después me ordenó:

-Sígueme.

Ella se adelantó fácilmente, arrastrándose con un estilo que solo podría definir si supiera el nombre de ese animal al que me han dicho los que tienen recuerdos, que en la otra dimensión llaman serpiente. Pero al llegar a la puerta del bar se irguió, y entre la densa niebla, la sierpe se hizo dama elegante, sujetando un candelabro mientras me abría la puerta con amabilidad.

-¡Quiero ser tuyo! Huyamos juntos de aquí-le dije sinceramente. No sé de donde saqué el sentimiento. ¿Quedaba en mí algo del instinto de preservación de la especie?

-Dije cretino, pero eres algo peor- se limitó a asegurar ella con una sonrisa, mientras me señalaba el interior. Y añadió:

-Adelante. Te esperan.

Tomé mi sitio y llevo ya jugando varias eternidades. Sé que un día la niebla despejará y nos sabremos todos solos ante el tiempo, mientras bebemos cubalibres, fumamos y envidamos a los restos en la penumbra de esa habitación trasera del bar con las cortinas echadas, con los cubalibres a medio apurar. Yo sólo quiero levantarme y huir con mi dama ofídica, pero sé que nunca ocurrirá ¿Dónde he venido a parar? ¿Quién soy yo?

 

El día del feriante

el dia del feriante small¿Que si me acuerdo de Pepe Forte? Pues claro que sí. Pepe Betanzos le llamábamos en el barrio, porque decía haber nacido allí, con un acento gallego simulado que no colaba ni en broma. Pero reconozco que Pepe era un personaje curioso que destacaba del montón. La simpatía hacia él se despertó pronto entre el grupo de amigos en el que me movía entonces. Y la amistad se fue estrechando cuando, por motivos que desconocíamos, aquel año Pepe se quedó instalado en el descampado, al terminar las fiestas de primavera.

El bueno de Pepe nos abría su caseta de tiro por las tardes, para que practicáramos gratis, y entre disparo y disparo no paraba de contarnos historias y batallas de sus muchos años como feriante. Presumía de haber viajado por toda España, Francia y Portugal, y de haberse codeado con artistas e intelectuales famosos, a los que se arrogaba el mérito de haber ayudado e inspirado en muchas de sus creaciones. Ninguno lo creíamos, cuando decía que acompañaba a veces a Picasso en las corridas de toros, cuando fardaba de haber enseñado ciertos pasos de vodevil al anciano Maurice Chevalier, o haber tomado muchas tazas de café con Sartre y de Beauvoir.

A nosotros estos nombres no nos impresionaban mucho y, dicha sea la verdad, eran para nuestros oídos poco más que ecos débiles de algún trozo de película visto por azar, o de alguna tertulia de La Clave, aguantada a duras penas en uno de aquellos sábados por la tarde de la entonces novedosa Segunda Cadena. Pero Pepe Betanzos nos encandiló desde el principio con su aire de abuelete sabio y paciente, que jugaba al ajedrez contigo en un extremo de la barra mientras la clientela disparaba a los palillos de dientes con sus viejas carabinas de aire comprimido.

Algo justo de dinero, Pepe había llegado a un acuerdo con dueño de un bar cercano, en el que, a cambio del desayuno y la comida, tocaba la guitarra algunas tardes, limpiaba el salón y sacaba la basura.

Su conversación brillaba con luz especial y se le notaban en seguida los viajes y las lecturas, pero pecaba un poco de pedantería, y era incapaz de resistirse a poner el copete a cualquier asunto sobre el que estuviéramos conversando, normalmente con lo que él decía que era una cita de tal o cuál autor. Presumía también de ser un experto en literatura china, aunque aparte de algunas máximas del libro de Lao Tse, ninguno de nosotros, pobres chavales a medio educar, estaba en condiciones de probar que nos estaba engañando. El caso es que cualquiera que fuera el tema de conversación, el tipo sacaba de la chistera un refrán, un dicho, una sentencia de un supuesto literato chino, que ponía punto final al debate y nos dejaba a todos mudos.

Ramiro empezó a sospechar de él desde el principio y a tratarlo como farsante, pero tampoco podía aportar pruebas, y así, Pepe aprovechaba para establecer debates de lógica aristotélica que evidentemente deshacían la solidez del tosco entendimiento de Ramiro que, como el resto de nosotros, nunca había oído mencionar la lógica ni las proposiciones, ni las negaciones y para remate todo terminaba con la frase lapidaria de algún que otro escritor chino de hace algunos miles de años.

Pese a que Pepe Betanzos nos caía muy bien, nos tenía un poco hartos ya con lo que creíamos impostura, y empezamos a elaborar un plan para someterlo a la máquina de la verdad. Estábamos plenamente convencidos de la veracidad del dicho “Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”. Así pues lo emborracharíamos y después de sonsacarle la verdad rastrearíamos su casa en busca de las evidencias que nos faltaban para quitarle la careta y ponerlo en su lugar: el de un charlatán de feria amable y sin malicia, pero presuntuoso.

Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando aquella tarde, en una limusina, llegaron tres chinos vestidos de negro y preguntaron en el bar de la carretera por un tal Pepe Feliante ¿Qué no se lo creen? Yo tampoco me lo creía mientras lo veía con mis propios ojos. Yo oí aquellas erres mal pronunciadas y fui testigo de las indicaciones de Ángel, el dueño del bar, que les señaló la zona dónde cada tarde Pepe abría su caseta de dardos y carabinas de aire comprimido. Yo acompañé a esos tres caballeros orientales hasta allí y oí a Pepe recibirlos y conversar con ellos en lo que supuse que era perfecto mandarín.

Pepe abandonó el barrio una semana después, y nunca hemos vuelto a saber de él.
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