Comportamientos poco ejemplares

No se puede huir de la realidad

El mundo nos ofrece ejemplos de todo el abanico de comportamientos y actitudes vitales, desde el honrado hasta el ladrón, desde el vago hasta el trabajador. Entre tanto, muchos siguen proponiendo que deberíamos crear una sociedad perfecta donde solo existiera la bondad dirigida desde arriba, a base de fuerza, control mental o drogas si fuera necesario. Pero eso sería como quedarnos solamente con un pliegue del abanico y fingir que todavía da aire. Eso sería como pretender que el blanco puede existir sin el negro o la luz sin la oscuridad. Eso sería como decir que el último habitante de la Tierra, cuando llegue el apocalipsis, será una persona alta. Existe el alto porque existe el bajo, el blanco porque existe el negro y la luz porque existe la oscuridad. Se prestan soporte mutuo y ningún extremo puede sostenerse sin el opuesto y sin toda la gama de tonos intermedios que los une.

Si la cada aspecto de la realidad no tuviera forma de abanico, nada podría sostenerse. Si el Creador hubiera querido una dictadura perfecta con reparto equitativo de bienes, nos habría dado un mundo ideal de luz y bondad sin opuestos. Pero tan ideal sería ese mundo que ni siquiera podríamos experimentar esa luz y esa bondad pues: ¿como se puede ser consciente de la salud sin haber visto ni sufrido la enfermedad? Por eso, en lugar de encontrarnos de golpe en un cielo obligatorio donde, por definición, no puede pasar nada, aparecemos en este mundo de oportunidades y opciones donde la “parranda” no cesa. Y es nuestra responsabilidad personal decidir si optamos por el bien o por el mal. Por eso, no lamentes el día en que alguien te ofreció un sobre con dinero; agradece que se te haya presentado esa oportunidad que te permitirá definirte, a nivel experimental, no ya en teoría, como bueno o como malo. Ya no es que estés en una conversación de bar con amiguetes y sueltes: “pues si me ofrecieran un sobre yo no lo cogería”. Ahora te lo están ofreciendo: ¿lo coges o no? Cuando hablabas en el bar no estabas haciendo más que surcos en el aire. Pero ahora con tu decisión real ante la experiencia real haces el mundo un poco más bueno o un poco más malo. No vayas luego y le eches la culpa a Franco o al club Builderberg.

Esta realidad espacio-temporal puede ser una oportunidad que el Creador nos ha dado para experimentar. Y esa experiencia requiere un marco físico de dualidad comparativa graduada, de modo que, una vez desarrollada la conciencia, somos nosotros los que elegimos en primera e intransferible persona: bien o mal, luz u oscuridad, cojo el sobre o no, incluso soy yo el que ofrece el sobre o no. Aquellos que tienen como ideal la dictadura perfecta deberían hacérselo mirar porque nos llevaría a un abanico con un solo pliegue, es decir a un abanico que no da aire. Hay que elegir entre varias oportunidades. No nos podemos escapar de elegir. Incluso cuando no hacemos nada estamos eligiendo no actuar y eso tiene consecuencias.

En cualquier caso, ya hubo en nuestra historia moral un ser iluminado que nos marcó el camino a una sociedad que podría llamarse el cielo en la Tierra y que no tendría nada de dictadura perfecta porque estaría compuesta por individuos radicalmente libres que habrían optado por el amor. Este ser fue Jesús, y su mensaje, que se empezó a tergiversar desde el primer momento, contiene todos los secretos que nos llevarían a un mundo regido por el amor, a un mundo que permitiría la disfrutar la experiencia de vivir con el mínimo dolor posible: ama al prójimo como a ti mismo. Este mensaje parece simple y fácil de poner en práctica para cualquier adulto con una conciencia a nivel básico, pero lleva tal carga de responsabilidad personal que, después de dos milenios sigue siendo inabordable para el ser humano medio, ni te cuento ya para, como se suele decir, el españolito de a pie. Al que se le ocurra coger su cruz, lo primero es ponerlo a caer de un burro, de tonto p’arriba, luego encerrarlo por loco, y luego ya si eso, después de bien muerto y enterrado, se puede decir que era un santo.

Porque claro, el desarrollo de la conciencia es escaso en un marco en el que se nos educa en el miedo desde parvulitos, se nos transmite que el amor al prójimo es debilidad y tontuna, y se nos obsesiona con la inteligencia, la supervivencia y la acumulación de recursos. Por eso ocurre que cuando la gente se ama mucho a sí misma, suele despreciar al prójimo, y viceversa. Los dos pecados son igual de malos, aunque parezca que uno tiene, a corto plazo, más ventajas materiales que el otro. Por eso el ser humano lleva dos mil años dando rodeos para evitar ponerse frente a la responsabilidad que el Creador le ha ofrecido: dos mil años trasladando esa responsabilidad personal de la elección entre el bien y el mal a unas supuestas jerarquías que ya nos dicen lo que hay que hacer y que, preferiblemente, ya nos lo darán todo mascado desde arriba: iglesias, partidos, gobiernos, uenehés, onus, otans, etc. Este es el ser humano de hoy: asustado, ignorante, apático y falazmente encasillado en su bando: izquierda/derecha, vegano/carnívoro, animalista/taurino, madrí/barsa y así nos las den todas. Apuntarse a cualquier credo ya manufacturado antes que pensar por uno mismo y decidir.

En el camino de la conciencia, el ser humano es un recién nacido tecnológicamente súper dotado. Sospecho que hay muchos grandes males por llegar que harán que los grandes males del pasado parezcan despedidas de soltero subidas de tono. Nos seguiremos empeñando durante siglos en que tal o cual partido, tal o cual religión, tal o cual imperio nos va dar el mundo ideal. Todo para evitar aprender a amarnos a nosotros mismos en primer lugar y amar al prójimo de la misma e irrevocable manera. Todo para evitar ponernos delante del espejo y aceptar que la responsabilidad de lo que pasa en la matrix de esta realidad es el agregado de las responsabilidades individuales de lo que hacemos cada día cada uno de nosotros. Yo no he sido, nos decimos. Pero resulta que sí, que he sido yo. No hay manera de escaparse de la elección. No hay sitio donde esconderse. Eligiendo o no eligiendo, el mundo vamos haciendo.

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Inteligencia, codicia y crisis financiera

Cada vez más listos, cada vez con más medios, pero seguimos cometiendo los mismos errores.

Uno de los contrasentidos más grandes de la reciente crisis financiera que no terminamos de superar es el misterio de la inteligencia mal empleada, que se puede resumir así: Siendo evidente que cada vez la gente está más preparada y con más estudios, y que cada vez contamos con más medios auxiliares, es decir, que contamos con más capacidad intelectual y computacional: ¿Cómo es posible que sigan ocurriendo catástrofes como el batacazo financiero de 2008?

El primer error está en pensar que el aumento de la capacidad de eso a lo que llamamos inteligencia es, en sí mismo, bueno para el ser humano. Llamamos inteligencia a la mera capacidad intelectual de una persona y la sobrevaloramos todos los días. Alabamos a los niños y mayores que tienen altos Coeficientes de Inteligencia, IQ, cuando eso solo representa la parte lógica y analítica de sus mentes, pero no nos da ninguna muestra de la parte creativa, de la parte intuitiva y mucho menos de la parte amorosa o cariñosa o cuidadora, como queramos llamarla. Los padres se funden de orgullo ante un hijo tan “listo”, sin preocuparse de si es capaz de cuidarse de las cosas que le importan como individuo y como parte del grupo. Creen que esa gran capacidad intelectual ya es la garantía para un buen puesto y un buen sueldo y el resto les importa un pimiento. Las plantillas de las corporaciones estaban a rebosar de primeros espadas, brillantes mentes analíticas que hacían complejísimas hojas de cálculo en las que estimaban los dividendos de unas inversiones que, al fin y a la postre, estaban llevando al mundo al trompazo. Casi nadie entre esas lumbreras se preocupó por ir más allá de la lógica de sus modelos, por denunciar la realidad que subyacía ese sistema de hipotecas “subprime” y acciones preferentes. Los que lo sabían, preferían ignorarlo y seguir instalados en el corto plazo, pensando de una forma, sintiendo de otra, y actuando de otra. Los que no lo sabían, ni se molestaron en investigarlo porque la parte de su mente que se ocupa del cariño al mundo, de la preocupación por los demás y por su ambiente, estaba apagada, muerta, cortocircuitada, pese a ese enorme IQ que lo hace digno de entrar en Mensa.

El segundo error es la codicia; la religión del dinero. A nivel individual, un trabajo con mejor sueldo es mejor que otro, sea cual sea el resto de las circunstancias. Las madres ya no recomiendan a sus hijos que hagan lo que les gusta, sino que hagan aquello en lo que ganen más dinero. A nivel de corporaciones, el gestor quiere dar beneficios, no ya durante el primer año, sino incluso durante el primer mes que está a cargo. Y si hace falta se falsifican las cuentas. A nivel de estados casi prefiero no hablar porque sus cimientos, que son la educación de la gente, están corrompidos. En nuestros sistemas educativos modernos, todo está orientado a potenciar las capacidades analíticas y lógicas que construyen el IQ, y le pueden dar dos duros a la creatividad, a la intuición y al cariño y la preocupación por el mundo. El mundo está para explotarlo y sacar beneficio inmediato, como está pasando con el “fracking”. Lo que pase con los que vengan detrás no es cosa nuestra. Y así nos las van a seguir dando todas mientras no cambiemos. El cortoplacismo manda, el salvándome yo, el que venga detrás que arree. ¿Y te salvas tú? No. Nos caemos todos.